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Experiencias

Vinculemos los ciclos: una experiencia práctica desarrollada en el liceo n.º 30 “Cagancha”

Prof. Celsa Puente Negreira.
Directora del liceo N.º 30 “Cagancha”

“La educación es el punto en el cual decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él, y de esa manera salvarlo de la ruina inevitable que sobrevendría si no apareciera lo nuevo, lo joven. Y la educación también es donde decidimos si amamos a nuestros niños lo suficiente como para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos librados a sus propios recursos, ni robarles de las manos la posibilidad de llevar a cabo algo nuevo, algo que nosotros no previmos; si los amamos lo suficiente para prepararlos por adelantado para la tarea de renovar un mundo común”.
ARENDT, H. (1996), Entre pasado y presente. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, Barcelona, Península, p. 20

 

Introducción

El presente trabajo intentará mostrar una experiencia práctica que es llevada adelante desde el año 2000 por el colectivo docente y la Dirección del liceo n.º 30 “Cagancha” de Montevideo. Surge de la necesidad de establecer una modalidad de articulación entre este centro educativo de Ciclo Básico de Educación Secundaria y las escuelas primarias de la zona que nos nutren de alumnos, con la finalidad de llevar a cabo un plan de trabajo orientado a facilitar el pasaje de los alumnos de un nivel hacia otro y proponer así instancias claras que faciliten el progreso de los jóvenes en el campo académico y de su inserción social a una nueva modalidad de trabajo.

Los ciclos organizativos del sistema educativo uruguayo tienen, como es natural, sus señas de identidad. Son características claras que se vislumbran no solo en los objetivos que éstos persiguen, y que están acordes con las franjas etarias de las poblaciones de alumnos que atienden, sino también que se presentan en las dinámicas organizacionales de las instituciones que llevan a cabo la tarea educativa en cada uno de ellos. Cabe preguntarse entonces: ¿el sistema prepara a los niños y a los jóvenes para los cambios que deberán asumir en cuanto a rutinas escolares, niveles de socialización, expectativas de desempeño? La pregunta podría habilitar un largo debate pues admite muchos puntos de vista, sin embargo, nos parece pertinente señalar que en ningún caso se prepara específicamente al alumno para el hecho concreto de que cuando termina un ciclo va a concurrir a otro tipo de institución con parámetros diferentes. La información que se otorga es espontánea, informal y corre por cuenta de la buena voluntad del docente que circunstancialmente se encuentre a cargo. Por lo tanto, el alumno “sobrevivirá” al nuevo ciclo y a la nueva institución en función de la capacidad personal que pueda desarrollar.

Desde el liceo n.º 30 de Montevideo nos propusimos examinar la situación con “ojos agudos”, con el propósito de crear instancias de encuentro, “tender puentes” para que la llegada de nuestros alumnos al primer año liceal tenga por característica esencial la preparación y el disfrute de la nueva etapa, achicando la brecha de confusión y miedo que les genera ingresar en un nuevo ciclo, con pautas y rutinas institucionales y organizacionales tan diferentes a los de la educación primaria.

El cambio de la escuela al liceo produce en los alumnos una gran ilusión pero también los asusta y los confunde. La mayoría de los estudiantes y sus familias sufren un gran desconcierto cuando llega el momento de empezar de cero en un nuevo ciclo educativo que poco tiene que ver con el anterior y que propone la entrada en un mundo desconocido al que en muchas ocasiones les cuesta adaptarse. Las causas de las dificultades de la inserción de los alumnos a la educación media son diversas. Se suman los desasosiegos de la etapa adolescente y la pérdida de los referentes afectivos del entorno que han dejado atrás, e incluso las señales físicas de la cotidianidad. El propio diseño espacial de los liceos, los jóvenes que ya están instalados en el territorio y que se configuran como habitantes intimidatorios que disparan las fantasías de ciertos peajes que hay que pagar a la hora de hacerse “un lugar” en el nuevo espacio que el liceo propone, son algunas de las característica que figuran como “aditivos” a la hora de tener en cuenta la adaptación.

El proyecto

El proyecto “Vinculemos los ciclos” surge en el liceo n.º 30 en el año 2000, aunque cabe mencionar que con anterioridad hubo atisbos plasmados en algunas acciones puntuales que sirvieron como referencia y antecedentes. El objetivo que nos propusimos fue generar espacios de contacto con las escuelas de primaria de la zona de donde proceden nuestros jóvenes para que la transición del alumno de uno a otro centro educativo sea más fluida y eficaz. La intención fue construir juntos una serie de actividades que oficiaran a modo de preparación. Ésta en general no suele hacerse y queda a expensas de la capacidad personal de cada alumno “sobrevivir” al cambio y al temor que ello provoca. Tenemos la certeza de que el miedo a lo desconocido y la ansiedad que éste genera son dos de los problemas que dificultan la inserción y adaptación de los alumnos al nuevo entorno. No pensamos este trabajo como una mera actitud académica, sino con un objetivo muy específico que es mejorar los aprendizajes de los alumnos de nuestro liceo, en la medida en que logremos que lleguen más preparados.

El Proyecto se denomina “Vinculemos los ciclos”, porque intenta ser una convocatoria especialmente dirigida a las instituciones y a sus docentes para comenzar una tarea ineludible de trabajo compartido que tiene como objetivo fundamental que el alumno prosiga su vida estudiantil a lo largo del sistema con la fluidez natural que su propia evolución marca. No puede haber un “divorcio” entre los ciclos porque el alumno es la misma persona que circula por ellos a medida que vive. En la medida en que lo conozcamos más y él nos conozca a nosotros su probabilidad de desempeño exitoso crecerá significativamente.

El Proyecto de Centro del año 2000 se propuso como objetivo principal lograr un centro de calidad, luego de haber constatado a partir de un diagnóstico hecho durante el año 1999 que la institución padecía de severas dolencias tanto en el campo organizacional como en la práctica pedagógica. De allí que se planificaron estrategias que apuntaron a reconvertir al liceo n.º 30 en un centro educativo de calidad. Dentro de la Planificación existía el propósito de alcanzar ciertos objetivos específicos como el mejoramiento de los aprendizajes a través de varios procedimientos. Uno de ellos está relacionado con el establecimiento de vínculos entre nuestro Ciclo Básico y la Enseñanza Primaria y también con Bachillerato.

En años anteriores habíamos realizado algunas acciones relacionadas con los sextos años de primaria de las escuelas próximas, que consistían en visitas al liceo y charlas con los padres realizadas en distintas escuelas.

Notamos que esto contribuía a mejorar la relación con los alumnos que ingresaban a primer año. Por eso decidimos profundizar este trabajo extendiéndolo a un mayor número de escuelas (teniendo en cuenta a aquellas que nos proveen de alumnos) y realizar una actividad similar con nuestros terceros años para facilitarles el desprendimiento del liceo y su inserción en Bachillerato.

Comenzamos por redactar el proyecto y formular un calendario probable de actividades para presentar a las escuelas. Se trató de forjar un programa flexible y abierto a las sugerencias que nos quisieran hacer llegar.

Cinco escuelas se mostraron interesadas y al cabo de poco tiempo organizamos en el liceo la primera actividad. Convocamos a un encuentro entre las direcciones de las escuelas, los maestros de quinto y sexto año y los profesores de primer y segundo año del liceo. Pusimos en común nuestras preocupaciones y coincidimos en señalar dos dificultades: la ortografía y el bajo rendimiento del alumnado fundamentalmente en las asignaturas instrumentales.

Les explicamos que hacía tiempo que en el liceo habíamos detectado este segundo problema y que habíamos llegado a la conclusión de que solamente aquellos estudiantes que habían obtenido las máximas calificaciones en primaria respondían con eficacia a las exigencias del liceo. También habíamos notado dificultades en el manejo del lenguaje conceptual, lo que nos llevó a tener que hacer una especie de traducción de cómo se hacen las propuestas en la escuela y cómo se hacen en el liceo.

Con este diagnóstico, compartido, sugerimos intercambiar materiales y las maestras nos pidieron los textos de uso corriente de los alumnos y las guías de trabajo que usamos en el liceo con la intención de encontrar una metodología similar. También les ofrecimos las propuestas de trabajos escritos de evaluación mensual que ya habíamos aplicado y las consignas de las pruebas diagnósticas que en general proponemos para conocer el nivel que tienen los alumnos al ingresar a nuestro centro.

Esa reunión inicial había dado muchos frutos y por suerte no fue el único encuentro. En el siguiente, las maestras nos plantearon la necesidad de que los profesores impartieran talleres de Idioma Español y Matemática para aunar criterios con ellos en relación a los contenidos, el lenguaje y los procedimientos, e intentar salvar de este modo la discordancia que habíamos detectado entre los dos ciclos.

En segundo lugar, una escuela propuso que diéramos un par de clases a sus alumnos como si estuvieran en el liceo (de cuarenta y cinco minutos de duración y otros cinco de recreo). La idea era que los estudiantes vivieran por anticipado cómo es una jornada liceal

Nos organizamos enseguida para responder a estas demandas. Así, pusimos en marcha los talleres, que fueron impartidos por uno o dos docentes del liceo que aceptaron el desafío de trabajar conjuntamente con los colegas de primaria. Incluso alguna escuela propuso que los talleres se hicieran en su propio espacio para que pudieran concurrir todos los maestros más allá del curso que tuvieran a cargo y también los practicantes.

La agenda fue elaborada por los propios docentes. Sus demandas estuvieron fundamentalmente vinculadas a Lengua y Matemática pero también realizamos talleres de Ciencias Naturales y Ciencias Sociales. Cabe destacar que no solo hemos abordado problemas vinculados con las disciplinas de estudio, la preocupación de las maestras por la precocidad con que aparecen los rasgos adolescentes en los niños nos ha llevado a organizar también un taller sobre adolescencia.

Es importante señalar que no se trata de impartir clases magistrales, sino de crear un espacio de intercambio en el que aprendemos los docentes unos de los otros, lo que nos permite llegar a acuerdos. El profesor o profesora a cargo del taller marca una línea directriz para desarrollar el trabajo, es decir, señala los puntos esenciales de la actividad, pero siempre intentamos plantear propuestas flexibles sujetas a las respuestas y necesidades del grupo participante.

La duración de los talleres es indeterminada. Algunos se resuelven en una sola sesión —que dura dos horas y media como máximo y que solemos realizar al mediodía—, mientras que otros requieren ser tratados en varios encuentros.

Paralelamente a estas actividades hemos dado atención también a la otra demanda y algunos profesores han acudido a las escuelas a trabajar con los niños, generando una suerte de simulación de las actividades que nuestros futuros alumnos realizarán en el liceo. Se celebraron varias jornadas de este tipo denominadas “El liceo en la esuela”. Los chicos han estado muy receptivos y han expresado su deseo de sacarse la túnica y la moña quizás como símbolo material de los tiempos por venir (“porque así nos parecemos más a los del liceo“, decían).

Lamentablemente las clases en las escuelas por parte de profesores del liceo no pudieron sostenerse en virtud de que los docentes, acuciados por el multiempleo, no podían ir a las escuelas en otros tiempos que no fueran los que ya tenían destinados para sus clases en nuestro centro. No era viable entonces quitar horas de clase a los liceales para dárselas a los escolares, por muy valioso que esto nos pareciera, así que fue una experiencia que duró un solo año pues el trastoque de la dinámica institucional liceal era demasiado fuerte para poder sostenerla.

Sin embargo, tratamos de buscar alternativas y vincular las clases de los profesores con la visita que los grupos de sexto año escolar hacen al liceo durante el mes de octubre. La visita tiene como intención que los alumnos se familiaricen con el centro educativo que los espera. Los estudiantes de primer año de nuestro centro, que han sido alumnos de las escuelas, se encargan de recibirlos y de hacer de anfitriones durante la estancia. Los guían por el edificio, les enseñan la biblioteca, los laboratorios, las aulas de informática, los patios y las canchas. Durante el recorrido, y casi de un modo natural, se cruzan y conversan con los que dentro de algunos meses serán sus profesores.

Durante el año inicial del proyecto, como habían tenido clases en las escuelas, lo que hacíamos durante la visita era integrarlos a los grupos de primer año que estaban funcionando en sus horarios habituales. Cuando tuvimos que desistir de dar clases en la escuelas lo que hicimos fue destinar un día para recibir a todos los grupos de sexto año (“la escuela en el liceo”) y organizar un cronograma especial en el que cada grupo tuviera dos horas de clase con profesores del liceo, compartiera un recreo con la totalidad del alumnado liceal, con lo que lográbamos desmitificar el espacio del recreo como espacio peligroso, y luego participara en una actividad lúdica de integración con todos los grupos liderada por los profesores de Educación Física.

Partimos de la convicción de que una comunidad educativa es una construcción colectiva que requiere de la participación de todos los actores sociales, entre los cuales otorgamos un rol protagonista a los padres y las madres Dado que el cambio de centro escolar despierta también una gran ansiedad entre ellos —que sienten que sus hijos son demasiado pequeños para ingresar en el liceo—, también los invitamos a que vinieran a conocernos. La intención es que conozcan el edificio y sus equipamientos y mantenemos con ellos una charla informativa. Sentimos que abrirles un espacio temporal para que nos conozcan y puedan expresarnos sus dudas y miedos es ya un buen comienzo de la relación que empieza a gestarse y que se profundizará al año siguiente.

Finalmente, y en un intento más de acercamiento, hemos pedido a las escuelas que participen en la Exposición y Festival de cierre de cursos que cada año celebramos en el mes de noviembre.

Conclusiones

A lo largo de todos estos años hemos notado que ha mejorado mucho la relación con nuestros alumnos y sus familias gracias a estas actividades. Se han adaptado mejor, han obtenido resultados más altos y han presentado menos problemas de conducta. Valoramos, además, que para algunos padres la realización de esta experiencia haya sido un factor decisivo en el momento de pronunciarse en la elección de un liceo público para sus hijos.

Es necesario, sin embargo, expresar que hemos tenido algunos inconvenientes. La movilidad de los docentes, tanto en las escuelas primarias como en el liceo, ha sido quizás el más importante para sostener la continuidad año a año del proyecto. Ello ha ocasionado una alteración en la dinámica de encuentros metodológicos y estratégicos a la hora de homogeneizar la acción pedagógica entre los ciclos fronterizos. Por momentos lo vivimos como desandar lo andado.

Por otra parte, el éxito del proyecto ha generado una demanda demasiado grande por parte de las escuelas en cuanto al elevado número de adhesiones a participar. A esto se suman las disparidades horarias que complicaron la atención que desearíamos darle a todas las instituciones que demuestran interés.

Lograr que los alumnos completen su Ciclo Básico de educación media en nuestro país es uno de los preceptos fundamentales de la sociedad uruguaya. Sentimos que esta propuesta de vincular ciclos es un paso crucial en la búsqueda de un rendimiento escolar óptimo que además pone freno a la deserción, cuestión amenazadora a la que debemos dar respuesta desde las instituciones educativas.