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Aportes para la reflexión

El oficio de alumno rural: ¿el qué se va?

Prof. Luján Trujillo

Introducción

El presente trabajo partió del análisis de un tema preciso: si existe el oficio de alumno rural. Para ello, el análisis se enfocó en tercer año de liceo, tomando como referencia dos instituciones que fueron consideradas apropiadas para dicho análisis, por reflejar aspectos que fueron considerados relevantes al tema.

A medida que el trabajo de campo se realizaba el tema fue reconceptualizado en base a las emergentes que de allí surgían. De acuerdo a ello, se elaboraron dos categorías de análisis. Por un lado, las distancias que existen entre el discurso y lo que piensan tanto docentes como alumnos en cuanto al oficio de alumno rural. Por otro lado, el valor que le confieren al liceo: un símbolo, por las connotaciones que generó y genera para dichas comunidades, pero, al mismo tiempo, los docentes-alumnos demostraron creer que no tiene viabilidad como opción de vida, aunque sí como un espacio de socialización o contención. Fue tomado como criterio teórico la doble racionalidad imperante en el funcionamiento, justificación y modo de operar de las instituciones en las que se realizó el estudio. (Gasche (2004) reconoce que en la realización de las actividades productivas las personas muestran un dominio implícito de conocimientos que involucran principios universales de física, biología, etc. Al mismo tiempo, reconoce que, en esos sistemas de actividad, impera un ejercicio de racionalidad diferente de la racionalidad científica, propia del discurso pedagógico explicativo del aula. Si bien los docentes suelen identificar esta racionalidad, la relegan a los dominios de la ignorancia o mal interpretación de la información, con lo que se produce la deslegitimación de un aspecto importante de la cultura y se generan conductas ambivalentes: en los hogares y contextos cercanos hacen uso de la racionalidad vernácula, mientras que en el ámbito académico tratan de ocultarla. Pero esta ambivalencia no se da solo en el ámbito discursivo, dice el autor, porque, en términos de valores que ellos consideran importantes, la racionalidad vernácula continúa guiando la interpretación de los fenómenos sociales o naturales.)

Del análisis anterior pudo apreciarse distancias que conllevan discordancias en la forma de entenderse mutuamente, y que configuraban una percepción determinista y concomitantemente pesimista de la realidad y sus posibilidades. Convergieron en una postura limitante que tenía como base el contexto y el sistema económico-social como culpables en última instancia, al cual todos reconocían en pasiva contemplación, por ello se buscó profundizar en el tema para buscar posibles puertas de salida o explicaciones indeterministas que dieran nuevos sentidos y significados al tema.

1- Palabras que engañan: el discurso-aula-liceo-símbolo: ¿sin salida?

Será tal vez porque en cierto sentido el narrar no es inocente, por cierto, no tan inocente como la geometría, porque está rodeado por un cierto nimbo de malevolencia o inmoralidad. El puesto que los relatos, quizá en contra de toda la lógica o la ciencia, tienen en conjunto la apariencia de ser demasiado sospechosos de segundas intenciones, de abrigar una finalidad específica y, en especial, de malicia. La narrativa es el relato de proyectos humanos que han fracasado, de expectativas desvanecidas” (Bruner, 2003: 18).

Salvando el carácter fatalista que el texto menciona, mi trabajo es el relato de proyectos humanos, de sus vidas, de su sentir, conjuga deseos y desesperanzas, sacrificios y emociones compartidas, anhelos de querer y temor por las distancias, por ello no fue y no es inocente. Seguramente esté imbuido de malicia y de segundas intenciones, no lo dudo, la intención de que el tema se revierta y supere mi visión es mi mayor expectativa.

La mala intención, en este caso, es que se conozca, que se sepa quiénes son los alumnos que provienen del medio rural, que sea un tema a considerar por el sistema educativo, las asambleas docentes o quienes estamos en la educación, los que sabemos que lo ético es parte de nuestra profesión, es el “juramento hipocrático” implícito, nuestra guía. La investigación derivó, a partir de profundizar en el tema, en esta convocatoria: romper el silencio, a través de una, de tantas miradas posibles.

Si tuviera que resumir en pocas palabras el contenido del trabajo, no puedo eludir la palabra doloroso, ese es el sentimiento que lo acompaña. La pregunta que rondaba todo el análisis era: para quién no estamos educando, cómo nos alejamos tanto de los alumnos, con excusas, teorías y justificaciones múltiples asistimos indemnes a la pérdida de significado y sentido que nuestras prácticas debieran conllevar. (“El profesorado, en la medida en que los conflictos en que se ve envuelto no le obligan a poner en duda, ni a cuestionar un significativo número de las decisiones que se acostumbra a adoptar, mantiene a un nivel bastante intuitivo y tácito el conocimiento profesional en que se basa. Solo cuando se enfrenta ante dilemas serios, a situaciones problemáticas en donde las medidas propuestas no dan resultado, es cuando se siente obligado a una reflexión más consciente sobre su situación y a sacar a la luz y cuestionarse su conocimiento implícito. Sin embargo, tampoco en esta situación son proclives a consultar las conclusiones de investigaciones realizadas desde ópticas más teóricas; prefieren, en cambio, ponerse en contacto con sus colegas o seguir inventando soluciones por sí mismos. Esta idiosincrasia de los comportamientos docentes nos pone frente a uno de los peligros que constantemente amenazan a las intervenciones educativas prácticas, el de la defensa de un practicismo acrítico y ateórico que considera no necesitar de otros sustentos exteriores”.  (Gimeno Sacristán, 1988: 233, citado en Jackson, 2001: 14).)

El trabajo, transversalmente, puso sobre el tapete este tema. Si bien se partió desde una mirada cultural hacia quiénes son los alumnos que provienen de contexto rural, muchos otros enfoques se cruzaron en el camino, otros problemas, otros interrogantes se generaron en la marcha: las distancias y discordancias en los discursos implícitos en el aula, tanto de los alumnos como de los docentes, a su vez, el sentido de pertenencia hacia la institución, y reconocimiento por su valor de referente frente a la ausencia de otros espacios, ese carácter de símbolo, pero sin salidas. Las entrevistas y visitas al aula lo confirmaron sin tapujos:

“Prof. I: lo que me impacta cada vez más es el bajo rendimiento, yo creo que hoy exigís y nada, no les interesa.
E- ¿Qué características tienen los chicos de acá?
Prof. I: Son muy buenos, son bárbaros, macanudos, pero en general les falta el entusiasmo de aprender, no todos, pero en su mayoría sí.

En la otra institución: “Y creo que el sistema económico también (…) claro, nosotros vemos como ‘los fashion’ —así les decimos al tercero SJ— (…) y vemos mayores carencias en los chicos de la tarde, no tienen posibilidades económicas (…) son chiquilines calidísimos, que vos les llegás con una facilidad increíble; tengo muy buena relación con ellos, incluso soy la coordinadora, pero notás la diferencia, porque ellos no ven en este medio la posibilidad de salir. Es que la visión de futuro de los chiquilines de acá, en general, sin referirse a ninguno en particular, es como que están limitadas sus expectativas; es difícil visualizar el futuro, por eso a veces se conforman y llegan a quinto sin expectativas”.

Los alumnos nos alertaron de:
“E- Bueno, a ver contame, eso que me venías diciendo, eso de que a los alumnos que provienen del medio rural les cuesta más relacionarse.
J- Que muchas veces para hacer un trabajo en grupo, la gente de acá de SJ tienen todo el tiempo del mundo, tiempo disponible, nosotros venimos del campo, que ayudamos, trabajamos y no podemos hacer estos trabajos a la hora que ellos quieren o no nos podemos comunicar para hacerlos.
E- A ver, un hecho cotidiano en el que sientan que su situación es más ‘sacrificada’ que los que viven acá.
J- A mí me exigen que tenga las materias altas porque si no para qué estoy yendo al liceo, incluso la gente de acá de SJ no dejan enseguida porque allá en el campo si no venís al liceo trabajás, pero acá que hacés nada, entonces optás por no hacer nada.
E- Allá los padres valoran, si venís al liceo tienes que al menos hacer el esfuerzo.
J- Obvio.”

Del análisis de estas dos distancias, que se traducen en discordancias y concepciones cargadas de determinismo y pesimismo, se pudo entender que el oficio de alumno rural es el que se va del sistema educativo. Vienen al liceo, pero los docentes y los propios alumnos saben que no van a terminar el ciclo escolar. Las condiciones del contexto y la búsqueda de una salida laboral propician y sustentan esta situación.

Asimismo, pudo apreciarse que estas concepciones son parte de una modalidad de funcionamiento que ambas instituciones sostienen: la doble racionalidad. A través de ella pudimos apreciar que los docentes sostienen que sus alumnos son cariñosos y sacrificados, y al mismo tiempo, cuando hacen referencia al rendimiento académico o las expectativas de concretar un proyecto de futuro a través de la educación, los definen como desmotivados y apáticos, y limitados por el contexto.

En tanto, los alumnos, se definen como distintos de los que viven en las zonas urbanas, se identifican como más sacrificados, lo que reditúa, según sus afirmaciones, en desiguales oportunidades para ellos. El liceo es valorado como espacio de diversión frente al trabajo que desempeñan en sus hogares, es el espacio de socialización, auspiciado por la postura que las instituciones mantienen, pero a raíz de ello quedan al margen los objetivos educativos propiamente.

“El liceo es divertido pero hay que trabajar”, sería la consigna implícita. Esto lo apreciamos sobre todo en los varones, si en la casa hay una fuente laboral segura los estudios pasan a ser secundarios. En el caso de las niñas ven la posibilidad de salir de sus contextos a través de la educación, pero lo ven muy difícil dadas las condiciones económicas actuales.

Es un círculo perverso al que docentes, institución y alumnos parecen confirmar y adaptarse sin disimulos. Lo que más me llamó la atención fue la falta de proyectos alternativos, de salidas viables, reconocen su existencia y la confirman con pasividad, prácticamente no lo identifican como un problema, sino como parte de la realidad del sistema educativo, en el que, por supuesto, todo cabe, todo se generaliza.

¿La culpa la tiene el sistema, las condicionantes económicas-sociales, la falta de perspectiva individual y familiar, lo que hace que la estructura se reconstruya frenando toda posibilidad de salida?

Se ha optado por la contención de los alumnos en las instituciones, asegurándoles un ambiente familiar y un espacio de socialización, sabiendo y previendo que las metas educativas son limitadas. Por su parte, los alumnos que tienen claro que deben trabajar siempre lo han hecho, en el medio rural todos los integrantes de una familia colaboran en las tareas, ven en la institución educativa un espacio de diversión y descanso frente al trabajo que realizan en sus casas, lo que limita las aspiraciones de continuar estudiando.

¿Cómo revertir estas distancias? Con una nueva significación del espacio liceal, aunque obligue a modificar ese poder de símbolo que le han conferido a las instituciones, y nuevos replanteamientos, que impliquen acompasarse a las necesidades de sus contextos. Un ejemplo de ello es que ninguno de los alumnos entrevistados ve que los contenidos de los programas estén acordes con su realidad, crear lazos de convergencia, espacios de interés común podría ser un puente hacia la intercomprensión cultural tan anhelada.

Obviamente, reconocer que es una realidad distinta que requiere posturas acordes a ello (Escofet, 1998) nos obliga a repensar que las diferencias culturales no son inmutables, sino que en numerosas ocasiones son construcciones ideológicas que responden a estereotipos o a calificativos derivados de una deslegitimación de los acerbos culturales distintos.

Por ello hay que reafirmar la convicción de Soler de que la educación rural es una posibilidad, y de que es un momento fundacional, no de promesas sino de proyectos inclusivos, es el momento de dejar de nombrar a las minorías, de quitarles el velo político-compasivo por un nuevo sentido político, pero desde lo ético, desde lo humano, desde la profesión, con la certeza de que ser docentes vale la pena, más cuando en temas como este es la convocatoria.

El oficio de alumno rural: ¿el qué se va? La pregunta tiene muchas respuestas pendientes, dejamos el enigma pendiente.

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