En este número 3 de Educarnos hemos querido poner el foco de
atención en el escenario de los protagonistas de la educación,
alumnos y docentes, y en las culturas que ellos encarnan. Esto no significa
ignorar los escenarios: institucional y político en los que se
inscriben acciones, deseos y frustraciones de dichos sujetos.
Nos interesa especialmente poner en relieve “las peripecias y los
libretos" de estos sujetos, sus culturas y sus códigos, por
entender que la centralidad que ellos tuvieron en el Debate Educativo
(2006), sobre todo en las asambleas territoriales, se ha ido diluyendo
en el actual debate en torno a la Ley de Educación, más
centrado en los otros dos escenarios.
La polémica hoy está focalizada en los temas referidos
al gobierno de la educación, y en especial en el principio de
autonomía, principio muy caro a los uruguayos, que enraíza
en las etapas fundacionales del Sistema Educativo Nacional con el pensamiento
y la obra de José Pedro Varela, constituyéndose en matriz
identitaria a la que no estamos dispuestos a renunciar.
Pero defender la autonomía no implica solamente poner a la educación
a salvo de los vaivenes de la política partidista —como
diría Varela—, es decir, defenderla de la ingerencia del
poder político de turno, sino también, y muy especialmente
en nuestro tiempo, de los poderes económicos —nacionales
o transnacionales— que cada vez más tratan de incidir y
monitorear las políticas educativas.
“Yendo a las raíces, la autonomía que más me interesa es la de los educandos. Aunque lo olvidemos con frecuencia, los educandos. Los presupuestos, los docentes, las estructuras institucionales y las infraestructuras materiales, los currículos, los métodos y materiales de apoyo, los conocimientos y la experiencia de adquirirlos, incluso los debates educativos y las leyes, no son más que medios, ojalá sabiamente concebidos, razonablemente compartidos y eficientemente aplicados a la consecución del fin esencial, el desarrollo del educando como ser único, asistido de todos los derechos, entre ellos el de su autonomía, garante esta de su realización personal como ser humano” .
La autonomía se vincula directamente con otro principio fundacional: la laicidad, concebida como una actitud permanente que permite desarrollar en los alumnos la capacidad de sentir, de valorar y de pensar por sí mismos, y que exige del docente la capacidad de cuestionar las propias certezas, de practicar y fomentar la libertad y por ende la responsabilidad, de discernir la hora de dialogar, la hora de guardar silencio, la hora de gritar. Ese sentido profundo de la laicidad contribuye a construir autonomías en un escenario que no es el de las instituciones sino el de los sujetos.
A ello apuntamos en este tercer número de la revista. En efecto,
los trabajos reunidos en esta entrega tienen como común denominador
el centrarse en el conocimiento y el respeto por las múltiples
culturas juveniles (G. Kaplún), el promover experiencias de trabajo
interdisciplinario que permitan el descubrimiento y el goce de los alumnos
en su proceso de formación (A. Tejera Iriarte), el rescatar la
memoria docente (V. Fortes, en revista digital) y vincularla con las
peripecias que alumnos y docentes tienen que enfrentar en una época
de crisis (A. Bruno), en la interrogación sobre el lugar de la
cultura en la escuela (L. Folgar), en la prevención de la violencia
(B. Liberman y otros) y la promoción de una cultura de paz (J.
Arredondo). Son enfoques diversos con una matriz común que tiene
a los sujetos (alumnos y docentes) como objetivo primero y razón última
de la institución escolar, conscientes todos de que “entonces
habrá mañana una escuela… Construida desde la utopía.
Esto quiere decir desde la crítica, pero la crítica que
puede proponer alternativas, trabajando en el corazón mismo de
la relación institución-sujeto” .